La espera en los vallados
Por Mauricio Berho
Más de dos décadas de amaneceres en San Fermín.
Cada mañana, mucho antes de que sonara el cohete anunciando el encierro, el verdadero espectáculo ya había comenzado.
No estaba en la cuesta de Santo Domingo ni en la calle Estafeta.
Estaba sobre los vallados.
Mientras Pamplona terminaba de despertarse, aquellos tablones de madera se iban poblando poco a poco de una humanidad llegada de los cinco continentes. Japoneses, australianos, estadounidenses, franceses, italianos, africanos, latinoamericanos, escandinavos... Personas de todas las edades compartían el mismo espacio para asistir a un acontecimiento que apenas dura unos minutos.
Muchos apenas conocían la tauromaquia. Algunos nunca habían visto una corrida de toros. Pero todos sabían que vivir un encierro formaba parte del viaje. Venir a Pamplona y no presenciarlo era como visitar Paris sin acercarse a ver a la Torre Eifel.
La espera tenía algo especial.
Bastaban unos minutos para que dos desconocidos empezaran a hablar, aunque ninguno comprendiera la lengua del otro. Se compartían cafés, bocadillos, consejos y sonrisas. Más de una amistad nació apoyada sobre aquellos tablones. También algún amor de verano que comenzó al amanecer, entre el cansancio de una noche de fiesta y la emoción de lo que estaba a punto de suceder.
Lo más sorprendente era comprobar cómo desaparecían las diferencias.
Nadie parecía preocuparse por el color de la piel, la nacionalidad, la religión o el idioma del vecino. Durante unas horas, todo eso dejaba de tener importancia. Lo único que unía a aquellas personas era el deseo de vivir un mismo momento.
Después de más de dos décadas regresando cada amanecer a los vallados, hay una certeza que nunca ha cambiado. Jamás presencié un enfrentamiento provocado por el origen, el color de la piel, la religión o la nacionalidad de quienes compartían aquellos tablones. Al contrario. Siempre encontré respeto, curiosidad y una convivencia tan natural que parecía formar parte de la propia fiesta.
Quizá porque todos miraban hacia el mismo lugar.
Quizá porque todos compartían la misma espera.
Quizá porque, durante unos minutos, dejaban de ser japoneses, australianos, franceses, brasileños o españoles para convertirse, sencillamente, en espectadores de un mismo rito.
Cuando el último toro desaparecía tras las puertas de la plaza, aquella comunidad efímera se deshacía con la misma rapidez con la que había nacido. Cada uno regresaba a su idioma, a su cultura y a su vida.
Pero durante aquella espera, todos pertenecían a la misma ciudad.
Todos celebraban el mismo rito.
Con el tiempo, después de más de dos décadas de madrugadas compartidas con aquella multitud anónima, comprendí que aquellas fotografías no hablaban únicamente del encierro.
Hablaban de personas.
De la extraordinaria capacidad que tiene el ser humano para convivir cuando comparte una emoción.
Quizá ese sea, desde los vallados, el verdadero milagro de los Sanfermines.